El más triste primero de mayo

[Publicado en el semanario Hildebrandt en sus trece / 1 de mayo de 2020]

[Publicado en el semanario Hildebrandt en sus trece / 1 de mayo de 2020]

Ronald Gamarra | Socio Fundador

Este Primero de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, es sin duda el más triste y crítico que se conmemora desde que nuestra generación tiene recuerdo. No solamente porque no podrá haber, como era habitual, celebraciones públicas y manifestaciones masivas de los trabajadores en la mayoría de los países del mundo por causa de la emergencia sanitaria global. Al fin y al cabo las celebraciones son lo de menos. Cosas más importantes y graves están en juego.

Para empezar, está en serio peligro el propio derecho al trabajo de millones de trabajadores en el mundo y en nuestro propio país. En este preciso momento, millones de personas no tienen ninguna claridad sobre cuál será su futuro laboral después de la prolongada cuarentena, primero, y mientras dure la pandemia, lo cual nadie sabe cuándo ocurrirá. Las vidas de millones y millones de personas cambiarán y no precisamente para mejor. Se abre una era de absoluta incertidumbre.

A estas alturas parece evidente que muchas actividades laborales colapsarán y no podrán continuar bajo la misma forma en las nuevas condiciones impuestas por la pandemia. Tendrán que adaptarse o reinventarse, con los costos inevitables de carácter económico y social que ello implica. Esto, en principio, debería ser una tarea solidaria, en la cual se involucren todos los sectores sociales y el Estado. Pero este no parece ser el caso en el mundo ni en nuestro país.

La derecha propietaria la tiene clara: ellos exigen que el costo de la reconversión y las pérdidas de la crisis económica causada por la pandemia recaigan sobre los trabajadores y el Estado. Ellos ya se han adelantado con propuestas presentadas a las autoridades nacionales que privilegian sus propios intereses, puestos en primer lugar sin el menor empacho por sobre los intereses de los demás. Ellos exigen condiciones favorables y apoyo oficial para participar de la reconstrucción. Ellos no pagarán la crisis. Que sean los otros los que se jodan!

Quienes creían que la lucha de clases no existe, que ya terminó o que es un concepto superado, tienen ahora una prueba concreta y sólida de lo contrario. Hay un sector social privilegiado y propietario que, al menos, tiene plena conciencia de ello y ejerce su poder a fondo en esa lucha. Y saben claramente qué es lo que tienen que defender y cómo hacerlo. Tienen claridad sobre sus intereses y objetivos y cómo imponerlos. No serán ellos los que paguen o aporten de manera sustantiva para superar la crisis.

Mientras tanto, la gran masa de trabajadores permanece desconcertada y confundida, cumpliendo la cuarentena, preocupados por su futuro ciertamente, pero sin capacidad de responder a las pretensiones de la derecha por medio de sus organizaciones sindicales menoscabadas y ninguneadas por décadas o por medio de representantes políticos que prácticamente no tienen posición clara, ni interés, ni la información necesaria para oponerse y contradecir exitosamente a la derecha.

Peor es la situación de los trabajadores informales. Doblemente amenazados por su precariedad laboral, sin derechos, librados a merced de los propietarios, y trabajando en las peores condiciones imaginables, apropiadas para que nadie se salve de la pandemia. Qué ha de ocurrir con ellos, es toda una interrogante sin respuesta clara. En nuestro país, el 70% de la actividad económica es informal. Hablamos del sector que da de comer a la mayoría nacional.

¿Y qué decir de aquella legión de trabajadores que se inventan su propio trabajo y viven con lo que pueden reunir penosamente en largas jornadas en las calles? Ya en los días de la cuarentena, estos trabajadores sin patrón y sin ingreso seguro las han visto absolutamente negras y todos hemos sido testigos del modo en que muchos de ellos desafiaban las disposiciones de aislamiento social ante la disyuntiva de morir por la enfermedad o morir de hambre.

El orden económico y social que surja en la reconstrucción no puede ser el mismo capitalismo salvaje que nos ha llevado a este desastre. Los trabajadores tienen que organizarse de algún modo y hacer sentir su voz y su peso. Gramsci decía –y aún resuena esa inteligencia- “Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza”. No podemos vivir más en un sistema donde los beneficios se reservan para una minoría y para la inmensa mayoría queda lo que “chorrea” de esos beneficios. La justicia social, la primacía de lo social, debe convertirse en el eje de una nueva convivencia. Y con ella, una política radical de distribución, una nueva política fiscal de carácter progresiva. También, aunque saque ronchas a la derecha y sus liberales, un impuesto a las grandes fortunas.

Como parte de la necesidad de esa organización de los trabajadores, y en referencia a las próximas elecciones de 2021, cabe la pregunta: elegimos a una representación política que surja de los trabajadores y el pueblo en general o elegimos a un gobernante y un Congreso que profundice los privilegios y las desigualdades. En nuestras manos está que la oportunidad sea generosamente aprovechada. Óyelo que te conviene!

Este Primero de Mayo, el más triste, que sucede en el momento más crítico del cual tengamos recuerdo, debe convertirse en el momento para recordar, recuperar y despertar la conciencia de los trabajadores sobre sus derechos fundamentales y en particular sobre sus derechos laborales. Y muy especialmente sobre el rol protagónico que deberán jugar para no resultar los perdedores de la reconstrucción, como ha ocurrido tradicionalmente. Así que, nuevamente con Gramsci, trabajadoras y trabajadores de la patria, “Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo”.

Esta vez, señoras y señores de la derecha propietaria, las cosas deben ser al revés.

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